Su pequeño y rollizo cuerpo yacía destripado junto a una alcantarilla, en el bordillo de la acera. El olor a descomposición ya advertía de su presencia antes de que pudieses llegar a verlo. Era una masa grisácea, un peluche sucio y roto, pero ese olor indicaba que no era un juguete o, si lo fue, hacía ya tiempo que dejó de serlo. Tal vez se cansaron de él y acabó vagando por las calles, abandonado. Pero esto es poco probable. Lo más seguro es que naciese y viviese siempre en las calles. En calles como ésa, desierta, gélida, extraña. Corriendo entre los coches; coches como el que acabó aplastándole.

Nunca se vieron muchos por este barrio. O, si los hubo, yo no los recuerdo. En mi niñez, en las impresiones que me quedan de esos tiempos de juego en la calle –balones, carreras, gamberradas, peleas, risas y llantos-, no aparecen demasiados gatos. Esa fauna urbana, esos esquivos habitantes del barrio, eran extraños hace unos años, prácticamente no existían y vislumbrar alguno era motivo de juego, de trastada -a menudo cruel como los son los niños y más con aquello que sienten como novedad, como extraño a su mundo cerrado-. No hay gatos en los recuerdos de esa infancia -ni triste ni alegre, con buenos y malos momentos- y ello a pesar de que mi niñez transcurrió por entero en las calles, en esas calles donde ahora aparecen los gatos.

Desde hace unos años, al tiempo que la niñez se volvía para mí un recuerdo cada vez más lejano, un añorable –mas no añorado- pasado, las calles del que fuera mi barrio se han ido poblando de gatos. Y junto a ese fenómeno he ido constatando como otros habitantes iban desapareciendo lentamente de las calles del barrio, desaparecidos, como si la tierra se los hubiera tragado. Ya no hay niños que jueguen en mi barrio. Prácticamente no se oyen sus risas, sus riñas, sus gritos, sus juegos… ¿Dónde se esconden? La calle ya no pertenece a los niños, y no es que nos perteneciese cuando yo era un mico de 6, 9 o 12 años, pero al menos actuábamos como si lo fuese. La calle les ha sido enajenada a los niños, se la robaron y con ella los sueños. ¿Y a cambio de qué? A cambio han recibido un sucedáneo virtual que no vale absolutamente nada, que tan sólo revela la pobreza de espíritu de este mundo cada día más abyecto, pues nada hay más abyecto robarle la infancia a un niño. Les han robado la niñez y les han expulsado a sus casas, a la cómoda, segura y vacía existencia moderna, encerrados entre cuatro paredes delante de una pantalla que parpadea. Ya no son niños, son máquinas y aprenden a serlo.

Los gatos ocupan el vacío que han dejado en la calle los niños. Tristes, melancólicos, silenciosos. Ya no hay risas y gritos que les asusten, pueden vagar por las calles sin miedo a sus travesuras. Pero tampoco es suya la calle, tratan de llenar, en vano, ese vacío, pero saben que, en cualquier esquina, el verdadero amo de la ciudad puede golpear y sus pequeños y rechonchos cuerpos acabarán aplastados contra el frío y gris asfalto. Tan sólo un ruido extraño y unas gotas de sangre en el salpicadero harán saber al conductor que aquel bache no era tal, sino un pedazo de vida, otro pedazo de vida más de la ciudad aplastado bajo las ruedas del inexorable progreso. Tal vez le acometa una sensación de tristeza, de indecible nostalgia, que va más allá de la provocada por la muerte del pequeño felino. Es la pena de ver pudrirse la vida, de ver languidecer lo que fueron sus sueños. Pero esa sensación desaparecerá tan pronto como al abrir la puerta vea la sonrisa de alegría del pequeño de la casa al enseñarle la sorpresa, el último videojuego, recién salido al mercado. ¡Qué hermoso contemplar su felicidad! Pero que felicidad más horrible que condena a una vida vacía de sentido. Decidme, ¿recordáis las horas pasadas jugando en las calles?, entonces, ¿qué os ha pasado?, ¿qué habéis hecho de vuestras vidas?, ¿por qué les hacéis esto a vuestros hijos?