La inseguridad ciudadana es un problema que, ciertamente, ha sido heredado por el denominado gobierno bolivariano – producto, entre otras razones, de una inmensa deuda social con amplios sectores de la población -, agravándose al punto de ser considerado el mayor problema padecido cotidianamente por los venezolanos y venezolanas de a pie.

Las razones de la incompetencia gubernamental en la materia son múltiples: el tradicional énfasis en las políticas represivas, la ausencia de una transformación estructural que disminuya significativamente la pobreza, la corrupción de los cuerpos policiales, la impunidad a los delitos cometidos por los poderosos –ya sean de la oligarquía tradicional o de la pujante boliburguesía- y un criminal sistema penitenciario destinado a castigar a los más pobres. Pero asimismo, la ambigua respuesta institucional tiene su origen en la instrumentalización estatal de la inseguridad personal como un dispositivo de control de la sociedad. La permanente amenaza de la vulneración de la integridad personal, cierta o improbable, ha destruido los lazos subterráneos que conforman el tejido social comunitario y han replegado a los individuos a su esfera privada, abandonando el espacio público, ese ágora en donde la transformación de la realidad presupone el acuerdo y la solidaridad con personas diferentes a uno.

La coacción perpetua ejercida por la sensación de inseguridad sustituye el compañerismo por la desconfianza, disgregando a los habitantes de las ciudades en cotos privados, haciendo más fácil su control y manipulación. Por ello la relación de los individuos con la política y lo político, antiguamente ejercida cara a cara en el espacio de lo público, es mediatizada en nuestro caso por las imágenes televisivas y por la simulación de una participación, inocua y vaciada de contenido. Esta forma de política basada en el espectáculo mediático y en los acuerdos cupulares a puerta cerrada, ha sido la privilegiada por los dos bandos en pugna en nuestro país. La polarización, construida y mantenida a cuatro manos, ha permitido que unos pocos continúen decidiendo y oprimiendo a una mayoría, encerrada en sus hogares y temerosa de salir para exigir, defender y conquistar sus derechos. Mientras la policía y los delincuentes de todo pelaje – entre ellos los políticos profesionales - continúen gobernando la calle, para los hombres y mujeres de abajo será mucho más difícil combatir miserias y desigualdades. El resultante toque de queda autoimpuesto sugiere la validez de la noción de que para controlar las mentes es necesario, a su vez, controlar los cuerpos. Es por todo lo anterior que "dirigentes" del chavismo y la oposición pueden abandonar sus apariencias –su falso interés por los padecimientos de la población- para mostrar sus verdaderas apetencias de poder, dedicándose un año entero en exclusiva a la campaña electoral.

Frente a la tolerancia gubernamental sobre ciertos niveles de violencia, y su uso como herramienta disuasiva de la libre organización, contrasta que el Estado venezolano ha incrementado sus políticas tendientes tanto a la concentración de poder como a preservar su propia seguridad. La creciente compra de armamentos, la legalización de las milicias paraestatales, la creación de regiones militares y teatros de operaciones son iniciativas destinadas a mantener y asegurar el orden interno frente a cualquier descontento popular. En esta misma dirección se inscribe la cesión de funciones policiales a los consejos comunales y redes sociales, trabajo de vigilancia y delación que hay que rechazar y denunciar enérgicamente. De esta manera el gobierno bolivariano refuerza la tendencia global: A mayor seguridad de Estado menor seguridad personal.

Un primer paso para revertir el problema de la inseguridad es comprenderlo en toda su complejidad para actuar en consecuencia. Como lo demuestran todas las investigaciones rigurosas sobre el tema, su principal caldo de cultivo es una de las distribuciones de riqueza más injustas del continente. Es por ello que nuestro país muestra los mayores índices de violencia de la región, en una situación extendida como un cáncer a todos los ámbitos de la vida y que lejos de disminuirse, como lo haría por una real e integral transformación de nuestra sociedad, se agrava día tras día. Pero nunca es tarde para comenzar. Derrotando el miedo y la desconfianza, debemos salir a lo público, las calles y plazas de nuestras ciudades, para reconocer en los otros y otras nuestros propios padecimientos. Alejados de las etiquetas y divisiones impuestas desde arriba, comenzaremos a actuar juntos y juntas otra vez, mediante las organizaciones que crearemos libremente, por nuestras propias exigencias y contra todas esas instituciones artificiales que limitan nuestra realización y nuestra vida plena, justa y digna en común.

[En El Libertario # 54 hay varios trabajos donde se describe y analiza esta temática para el caso venezolano. Puede consultarse en www.nodo50.org/ellibertario, donde está la edición completa en formato .pdf]