Once de septiembre de los pueblos: Chile treinta años después
James Cockcroft
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Cuando regresé a Chile después de treintidós años de ausencia para asistir a un seminario cuyo nombre era "Treinta años, Allende Vive. Alternativas Populares y Perspectiva Socialista en América Latina", que sesionaría durante una semana, sentí que penetraba en la escalofriante atmósfera del primer laboratorio mundial para la imposición del neoliberalismo por vías militares. Ese modelo se introdujo en el país tras el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 que, con ayuda norteamericana, derrocó al presidente Salvador Allende, que había sido democráticamente electo.

Diseñado por los "Chicago boys" (economistas de la Universidad de Chicago que postulan la primacía del libre mercado), el modelo neoliberal chileno ha sido impuesto por el Estado y se ha mantenido en pie desde entonces mediante el terror institucionalizado. Las empresas transnacionales, sus aliados chilenos que se nutren de los "conglomerados" monopolistas y los fundamentales partidos políticos y un sistema de valores radicalmente neoliberal sigue prevaleciendo en los medios de comunicación chilenos, la cultura "popular", las campañas electorales y todos los niveles del gobierno y de los estamentos militares.

A pesar de la apertura de Chile a la economía mundial por la vía del libre comercio, su pueblo vive en una sociedad relativamente cerrada, bastante apartada de la turbulencia social y política del resto de la América Latina. La atmósfera del Santiago actual está compuesta de tráfico ruidoso, mínimas interacciones humanas, temor público e inminencia de la represión: los bien armados carabineros (la odiada policía nacional) resulta visible en todas partes.

El reemplazo en 1990 de la dictadura militar ejercida durante 17 años por el general Augusto Pinochet Ugarte por los gobiernos civiles de la "concertación demócrata-cristiana-socialista no alteró la campaña de los medios de comunicación contra el "comunismo", los "desmanes callejeros", y el "terrorismo". Los militares chilenos siguen afirmando que están en guerra contra los "enemigos internos". Los gobiernos de la concertación han puesto en prisión a unos 250 disidentes políticos, 89 de los cuales siguen presos en la cárcel de máxima seguridad de Santiago, donde han sido torturados. Y esas cifras no incluyen a los mapuches y otros indígenas muertos o encarcelados.

Los medios masivos chilenos amplifican las grandes mentiras del pinochetismo y el neoliberalismo de las administraciones civiles. En lo que toca a los asesinatos masivos, las desapariciones, las tumbas colectivas, la tortura y el terrorismo de estado institucionalizado por el cual el país llegó a ser tristemente famoso, los medios repiten a voz en cuello la consigna oficial de que "hay que dejar atrás el pasado", e insisten en que "todos fuimos responsables" de los crímenes de la dictadura de Pinochet, lo que equivale a decir que no hay responsables.

Tras el golpe de 1973, el 11 de septiembre se convirtió en una fiesta nacional oficial, establecida para "celebrar la victoria de la democracia y la civilización sobre el marxismo ateo". Pero movimientos sociales esporádicos y personas de izquierda aquí y allá reclamaron desde el principio el 11 de septiembre como una fecha propia para honrar a Allende y recomenzar la lucha en pro de los derechos humanos y el cambio económico. De ahí que en el año 2000 el gobierno transformara oficialmente la fiesta nacional en un día normal de trabajo, aparentemente con la esperanza de reducir el número de participantes en las demostraciones. Las protestas, sin embargo, se multiplicaron.

Como siempre, los medios se encargaron de no dar difusión a las demostraciones populares que tuvieron lugar en toda la nación el 11 de septiembre del 2003. Casi no aparecieron noticias sobre las más de 10 000 personas, sobre todo jóvenes (la única mención fue "se reúnen 5000 sin que se produzcan incidentes") que desbordaron la Plaza de la Constitución de Santiago, frente al palacio presidencial de La Moneda para honrar no sólo a Allende, sino también a los miles de caídos, los 400 000 torturados durante la dictadura de Pinochet y los cientos de miles obligados a buscar asilo político en el extranjero. Fue la primera vez en más de treinta años que se permitió a los chilenos volver a ocupar su punto de reunión habitual, y lo hicieron con cantos y consignas militantes, tras llamar a su día "el 11 de septiembre de los pueblos".

Esa mañana, un poco más temprano, también por primera vez en más de treinta años, un presidente chileno entró a La Moneda por la puerta lateral que prefería Salvador Allende (y por la cual se sacó subrepticiamente su cuerpo acribillado a balazos en 1973). Las cámaras de la televisión siguieron a un solitario presidente Ricardo Lagos a lo largo de la calle lateral aislada por unas cuerdas mientras que este hipócritamente trataba de cubrirse con el manto del fallecido "compañero presidente", a quien calificó como "quizás el mejor de los izquierdistas chilenos".

Allende estuvo más presente (más vivo y presente) que Lagos este 11 de septiembre. A pesar de las calumnias de los medios de comunicación y del sistema escolar privatizado acerca de su período de gobierno, Allende se ha convertido en el héroe cultural de muchos chilenos, tanto viejos como jóvenes. No sólo en Chile, sino en todo el mundo, hay un inmenso resurgir de la imagen del "compañero presidente Salvador Allende", aunque no tan comercializada y al frente de tantas camisetas como la del Che Guevara. Los nuevos libros con discursos de Allende y entrevistas que se le realizaran, en otras épocas difíciles de publicar y distribuir, se venden hoy como pan caliente. La creciente estatura de Allende guarda un paralelo con la de otro presidente mártir que trató de nacionalizar los recursos minerales de Chile: José Manuel Balmaceda (1886-1891). Hasta el gobierno ha tenido que aceptar que se develaran monumentos a Allende, y que se cambiara el nombre al Estadio Chile por el de Estadio Víctor Jara, en honor al compositor y cantante popular de fama mundial que fue torturado y asesinado en el estadio durante el golpe de estado de 1973. ¿Por qué?

Porque millones de chilenos se han unido a la "batalla por la memoria" y no están dispuestos a olvidar el ejemplo de la muerte de Allende en defensa de la democracia y la reforma, y de todos sus familiares y amigos que, como Víctor Jara, soñaron con otro Chile posible. La escritora feminista Pía Barros ha apuntado que la memoria de los vencidos es peligrosa para los conquistadores, y un joven chileno nacido en la década de los 80 ha señalado que "si se han conmemorado 30 años de miedo, es necesario ahora conmemorar el valor acumulado en 30 años".

La cobertura de la televisión de este 11 de septiembre se centró en un asesino múltiple sonriente, anciano, el general Pinochet, que caminaba ayudado por su bastón hasta un podio para entregar la banda presidencial a un grupo de sus admiradores de derecha, que se decía que eran 2 000 personas, y que lo aclamaban ruidosamente. Todos los canales hicieron énfasis en incidentes aislados de "violencia" desatada por "delincuentes". Las cámaras tomaron vistas de carros blindados que rociaban cuadras enteras de la ciudad con gases lacrimógenos o chorros de agua, y de carabineros que golpeaban a jóvenes que huían de las porras.

Cada 11 de septiembre, en las grandes poblaciones urbanas (barrios marginales de las afueras de la ciudad a menudo surgidos en tierras ocupadas por los pobladores) se erigen barricadas callejeras y se resiste a la policía, tradición que se remonta a 1982. En esta ocasión, los canales de televisión se concentraron en una intersección de esos barrios en la que se erigió una barricada de llantas humeantes que se supone que causó un apagón que afectó al 30% de la población de la ciudad.

Buena parte de la "cobertura de noticias" estuvo dedicada al "progreso económico" de la nación en los últimos 30 años, y a informar a la población chilena que vive en la "economía más próspera" de la América Latina. A la luz del espantoso colapso de la otra "economía más próspera" de la región (Argentina en el 2001) quizás ese no sea un galardón tan deseable. De hecho, muchos economistas opinan que el modelo económico super neoliberal de Chile está llegando a los límites de su sustentabilidad económica, como sucedió con el de Argentina.

En una economía privatizada fuertemente endeudada, dependiente de las exportaciones de las industrias minera, forestal y de producción de frutas, con un sector manufacturero estancado o en vías de contracción, los chilenos trabajan más horas al año que ningún otro pueblo. Mientras que algunos aún participan en el mundo de las tarjetas de crédito del consumismo frenético, la mayoría invierte sus decrecientes ingresos en la satisfacción de las necesidades básicas En los últimos años, el desempleo se ha más que duplicado. Las listas de escalafones para los empleos favorecen a los candidatos a los puestos según su afiliación a los partidos políticos, en lo que constituye un eco de las viejas listas de candidatos a la tortura y el asesinato compiladas a partir de las membresías de los partidos políticos que fueran utilizadas por Pinochet durante su reinado de terror. Según los estimados del Banco Mundial, un 45% de los seis millones de chilenos que integran la fuerza de trabajo del país vive por debajo de la línea de la pobreza.

Casi la mitad de la población trabajadora está incorporada a la "economía informal". Menos de un 10% de los trabajadores son miembros de los sindicatos que aún existen en Chile. Muchos trabajadores han sido reducidos a la pobreza por la fragmentación de la producción moderna, que los atomiza en precarios "mercados de trabajo flexibles" como "trabajadores seudo-independientes" o "por cuenta propia" en empresas subcontratistas o microemprendimientos. Otros son desempleados, o subempleados, o forman parte de la gran masa de "profesionales" y "técnicos" proletarizados (por ejemplo, mujeres superexplotadas que se desempeñan como personal para la entrada de datos en computadoras).

Las "clases medias asalariadas" de Chile, relativamente amplias, están sufriendo un proceso clásico de movilidad descendente. Puede que lleguen a la misma bancarrota de sus vecinos argentinos, en caso de que se produjera un pánico en la banca chilena como se produjo en Argentina. La endeudada economía chilena, como la argentina, está hipotecada con banqueros e inversionistas norteamericanos, canadienses y europeos.

La amplia mayoría de los empleados y asalariados chilenos son pobres, sobre todo los jóvenes y las mujeres, que entran y salen del mercado laboral con salarios inferiores al mínimo. Muchos jóvenes, como descubriera el historiador Luis Vitale al realizar recientemente, con la ayuda de sus estudiantes, algunas encuestas en los barrios marginales de Santiago, "no hacen nada, no trabajan y no pueden siquiera estudiar". Los que estudian tienen futuros inestables e inciertos. Las mujeres son casi el 40% de la fuerza laboral y, como en todo el mundo, son por lo general superexplotadas. Un chileno típico trabaja en más de un empleo en cualquier año que se tome como ejemplo. Una máxima muy corriente es "vivimos al día".

Estas realidades económicas subyacentes, unidas al auge de los movimientos de protesta social, han contribuido a que el gobierno de la concertación esté dividido y atemorizado. Para la semana del 11 de septiembre, anunció que desplegaría en las calles 10 000 carabineros, otros 27 000 serían puestos en alerta y 30 000 efectivos del ejército serían llamados de sus cuarteles. Ordenó que se quitaran semáforos y postes del alumbrado público para que los "terroristas y vándalos" proallendistas no los destruyeran. El Partido Comunista de Chile le aseguró al gobierno que no habría violencia; a continuación designó a un personal especializado para detectar provocadores (del gobierno o la ultraderecha) y sacarlos de las manifestaciones antes de que pudieran "crear un incidente".

Desde fines de 1990 se han multiplicado los episodios de protesta pública. Durante las elecciones parlamentarias de 1997, el 40% de un electorado desilusionado no se registró, se abstuvo o anuló o dejó en blanco sus boletas. En los años siguientes, indios mapuches y la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas, estudiantes universitarios y preuniversitarios, médicos, portuarios, mineros y miembros de la confederación sindical CUT han realizado protestas que han hecho que los candidatos presidencias tomen distancia del modelo económico neoliberal. En las provincias han surgido redes de ayuda mutua y se han producido protestas. Pequeños colectivos de obreros, desempleados y/o estudiantes se han lanzado a la acción, operando como grupos de afinidad y concentrándose en torno a los nacientes Colectivos de Trabajadores. En algunas poblaciones, como La Victoria, en Santiago, han creado su propia "radio popular" (102.9 FM, en la que el 7 de septiembre me entrevistaron y también a una delegación sandinista de Nicaragua). Grupos de jóvenes comenzaron a reunirse regularmente frente a las casas de conocidos torturadores para protestar mediante acciones conocidas como "funas", en las que se exige el fin de la impunidad. Comenzó a tomar cuerpo un movimiento contra la globalización capitalista neoliberal.

El 13 de agosto del 2003, una huelga general llevada a cabo por decenas de miles de miembros de la CUT se convirtió en la mayor protesta de la nación desde la llegada al poder en 1990 de la "democracia pactada" (con Pinochet y los militares) pospinochetista. Cinco días después, tres hijos de desaparecidos se declararon en huelga de hambre en reclamo del respeto a los derechos humanos, y el 4 de septiembre se les unieron algunas mujeres familiares de desaparecidos. Septiembre se convirtió en un mes de eventos diarios en conmemoración de Allende y los demás caídos, entre los que estuvo un concierto con los compositores de la Nueva Trova cubana Silvio Rodríguez y Vicente Feliú, celebrado en el estadio nacional de fútbol, al que asistieron casi 60 000 personas.

En ese mes también se celebró el seminario internacional Treinta Años, Allende Vive, que ayudó a "abrir" la cerrada sociedad chilena. El seminario reunió a mil chilenos y extranjeros, incluidos 150 argentinos y 150 brasileños, varios europeos y una de las personas invitadas de los Estados Unidos y Canadá: yo (en ciudades de los Estados Unidos, Canadá y Europa también se organizaron eventos para honrar a Allende a los que asistió gran cantidad de público). El seminario celebró muchas de sus sesiones en prisiones, poblaciones y organizaciones de derechos humanos, tanto en Santiago como en el interior del país.

La noche del 10 de septiembre, una bomba explotó cerca del cementerio de Santiago. Parece ser que algunos miembros de la ultraderechista UDI (Unión Democrática Independiente) colocaron la bomba para acusar de "terrorismo" a quienes se aprestaban a honrar a Allende al día siguiente. No obstante, en la mañana del 11 de septiembre, una larga, grave y militante marcha de activistas recorrió el cementerio hasta llegar a la tumba cubierta de flores de Salvador Allende, donde varios hicimos uso de la palabra. El 12 de septiembre, la policía arremetió brutalmente contra la concurrida inauguración del Estadio Víctor Jara. La tensión se mantuvo durante los próximos días.

Me fui de Chile con una singular impresión: éste es un Chile nuevo, muy controlado, diferente, pero al mismo tiempo, un Chile que se debate con los tormentos de su pasado y donde la cortina de hierro de miedo y lavado ideológico de cerebros que durante treinta años la separara del mundo comienza a mostrar algunas grietas. El aterrado gobierno de la concertación, que actúa en complicidad con el terror institucionalizado, enfrenta un futuro político incierto. El 26 de septiembre, Nelson Mery, jefe de la policía de investigaciones de Chile desde 1990, renunció a su cargo, más de un mes después de haber sido formalmente acusado de torturar a prisioneros durante la larga dictadura pinochetista. Pero como tantos otros torturadores y asesinos identificados, permanece en libertad.

El poeta José Emilio Espoz llama al temor del gobierno "el miedo de los cobardes". Otros lo llaman el miedo de los acosados por la culpa de no haber derogado la amnistía impuesta por Pinochet, esto es, la inmunidad contra las acciones legales, actuando así como cómplices del exdictador chileno y sus cohortes. El gobierno acaba de proponer una nueva "reforma" que reconocería las violaciones de los derechos humanos, pero garantizaría la impunidad de los criminales si dan información sobre los crímenes.

La lastimada y fracturada izquierda chilena parece tener sólo dos instancias significativas: el Partido Comunista, cuya ampliamente respetada candidata Gladys Marín ganó un 6% de los votos en la primera vuelta de las pasadas elecciones presidenciales, y los aún pequeños movimientos sociales que alzan la imagen del querido "compañero presidente Salvador Allende", y que en ocasiones se coordinan con los pujantes Colectivos de Trabajadores. Pero Gladys Marín, que ha logrado mantener unidas a las enfrentadas ala izquierda y moderada del partido, tuvo que partir hacia Suecia a fines de septiembre para someterse a una operación de urgencia a causa de un tumor cerebral. Y los combativos movimientos sociales enfrentan la frecuente represión y la infiltración de agentes gubernamentales, lo que los mantiene en el clandestinaje, la fragmentación y la carencia de coordinación nacional.

Irónicamente, el programa del medio litro de leche para cada niño que creó Allende se mantiene en pie. Además, si Chile nacionalizara su cobre, como hizo Allende, contaría con fondos para financiar colosales cambios económicos, ya que el país aún produce el 35% del cobre mundial. En 1971 ningún parlamentario se atrevió a votar "no" a la nacionalización. Hoy, ninguno se atreve a votar "sí", aunque 8 votaron contra el nuevo tratado de libre comercio con los Estados Unidos, y otros 8 se abstuvieron, tras un tormentoso debate interrumpido por los gritos de los manifestantes en la galería.

Gladys Marín, que postula una nueva constitución, una recuperación del cobre y de los derechos de los trabajadores y una redistribución radical del ingreso, dijo en una reunión durante mi visita: "Los cambios en Chile hoy no se pueden alcanzar por la vía electoral. Se necesita una mayor conciencia de la gente, como la que se desarrolló durante los años de Allende, como la que se desarrolló durante la huelga general de agosto pasado".

En Chile entreví una nueva conciencia en desarrollo, una verdadera "batalla por la memoria", y pequeñas pero significativas señales de esperanza.